Debido a su vocación de servicio las iglesias evangélicas desarrollan diversas actividades humanitarias. Por ejemplo, cuidan de los niños, hacen un aporte importante en el ámbito educativo, brindan soporte alimentario, fomentan el desarrollo y acogen a personas en situación de vulnerabilidad. Las iglesias están presentes en muchas periferias sociales donde llenan un vacío que, a menudo, nadie quiere atender. Por esta razón puede afirmarse que juegan un rol significativo. Pero que la presencia de las iglesias sea significativa no supone que sea relevante. Lo significativo pone énfasis en el impacto o significado, mientras que lo relevante se enfoca en la relación con un contexto específico. De manera que es posible ser irrelevante y significativo al mismo tiempo.
Las iglesias pueden seguir siendo significativas por su labor social al mismo tiempo que, de manera progresiva, desaparecen del espacio público. Si, por alguna razón, cesara de golpe todo el trabajo que las iglesias y las organizaciones de inspiración cristianas hacen, el país enfrentaría un deterioro de las condiciones de vida notable. Las iglesias han acumulado experiencia directa y tienen algo que decir en varios ámbitos públicos concretos, por ejemplo, protección de la niñez, políticas de vivienda, integración de migrantes, retos educativos, tratamiento de la pobreza y la exclusión, mitigación de la violencia y desarrollo comunal. Pero la idea que maneja la opinión pública es que las iglesias hagan, pero que no digan nada. A veces por miedo las iglesias han terminado aceptando la irrelevancia que les permite vivir tranquilas en su propio redil.
La irrelevancia no tiene que ver con un descuido de los deberes eclesiásticos sino con el campo de la voz pública y las entidades institucionales. En el espacio público se ha normalizado que las iglesias no digan nada en los debates que se plantean. Cuando se habla de la vida en sociedad la teología no está presente ni se la espera. Hay demasiado temor de no ser políticamente correctos, lo cual, en este mundo al revés, está muy distante de las normas éticas y de los valores fundamentales del evangelio. Si no se redujera la espiritualidad a una especie de autoayuda o «coaching» a la moda, las iglesias no se verían reducidas a la promoción activa de la indiferencia.
Al hacer una proyección a unos diez años en el futuro, cuando los engranajes de la historia hayan tornado una vez más, se pasará revista a los hechos y a las actuaciones. Se hará un balance de los silencios y de las omisiones y, entonces, la pregunta que habrá que hacerse es si las iglesias no caminaron, por decisión propia, hacia la irrelevancia. Entonces será cuando las personas juzgarán si se sintieron acompañadas por las iglesias o si se las abandonó para que corrieran riesgos en orfandad. Ya no tendrá sentido reclamar un espacio público cuando no se lo ganó en los momentos de definición.
¿Cómo hacer para que la Iglesia sea relevante para los que se acercan a ella? No se necesita algo diferente a su propio llamado, solo se requiere fidelidad al mismo. Vivir la realidad de que su vocación es estar al lado de los mismos que Jesús acogió: los pobres, los pecadores, los hambrientos, los marginados, los encarcelados, los enfermos. Cuando la iglesia olvida la sensibilidad y aparta la vista del sufrimiento pierde el principal elemento que motivó al ministerio de Jesús. Al igual que el sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano, pretenden simular que nada ocurre y soslayan a las víctimas al lado del camino. Pero solo se necesita humanidad, compasión, como la que tuvo el samaritano, para encontrarse en el otro, en el prójimo.
Para que las iglesias sean relevantes tendrán que responder a las necesidades de su contexto sin perder su esencia espiritual ni su doctrina. Deberán convertirse en espacios seguros para personas en situaciones de vulnerabilidad. Escuchar activamente las preocupaciones y preguntas de la comunidad. Proclamar las respuestas divinas, aplicar el mensaje de la Biblia a las necesidades inmediatas. Vivir en concordancia con los valores que predica, la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. Ser fiel a su misión redentora, pero abordando los desafíos con amor, valentía y acción práctica.

